Rubricada la certeza de que Stephen Curry es el mejor jugador de básquet del momento, un sitial que sólo puede discutirle el fantástico LeBron James, asoman fecundos para ser analizados algunos atributos que exceden al deporte de la pelota naranja y vuelven tentadora la idea de que estamos en presencia de un fuera de serie.

De otro fuera de serie (ya que aludimos a un probado en las lides mayores, como LeBron), que en todo caso, si fuera pertinente señalar una curiosidad, no ha dado el gran-salto-gran cercano a los veinte años sino más bien superado el ecuador que lo acerca a los treinta.

Curry ya era crack en sus lejanos tiempos en el Davidson College, cuando fue elegido en el séptimo lugar del Draft de la NBA por Golden State Warriors, en 2009. Era crack en febrero de 2013 cuando en una de sus tantas noches inspiradas metió 11 triples y alcanzó los 54 puntos.

Empero se recibió de crack en la temporada 2014/2015 cuando además de crack se reveló como un enorme competidor capaz de conducir a su equipo a la conquista del preciado anillo.

El muchacho de Ohio, con el número 30 en el dorsal, hizo crecer al conjunto o el conjunto hizo crecer al muchacho de Ohio. Nunca se sabe dónde comienza y dónde termina una dialéctica semejante, lo que sí sabemos es que los Warriors juegan un básquet de ensueño y Curry hace ensoñar más que nadie.

¿Y eso por qué?

Por tratarse de un deporte que pondera las estadísticas como pocos, o ninguno. Bastaría con poner sobre la mesa que a esta altura de la temporada regular su promedio de puntos es de 29.9, su promedio de rebotes es de 5.3 y su promedio de asistencias es de 6.6.

Y ahí ya tenemos todo un mundo, comprendido, pero acaso no un mundo tan poblado de jardines, de frutos, de fuegos artificiales, como se hace evidente y de la evidencia el deleite, cada vez que se aprecian las destrezas de alguien de 191 centímetros y 86 kilogramos que asemeja una mezcla de hombre de goma, prestidigitador y encantador de serpientes.

Curry, Stephen Curry, va y viene, viene y va, entre la procesión y la campana, cómodo en su piel y dichoso en su alternancia de flechas teledirigidas, aventuras en la selva de Gulliver y platos en su punto de cocción servidos en la mesa de sus compinches.

Pero es posible, por qué no, que el humilde intento de semblanza de estas líneas resulten insuficientes para explicar por qué Curry es un fuera de serie.

Vayan, pues, a modo de intento final, tres pistas que podrían acercarnos un poco más.

Curry juega con la pasmosa naturalidad de los mejores entre los mejores.

La naturaleza del juego de Curry es bien percibida, recibida y atesorada incluso por los extrapartidarios, los que no son ni entendedores ni adoradores del básquet, del mismo modo que alguien que no supiera mucho de hóckey sobre césped podía fascinarse con Luciana Aymar, del mismo modo que a alguien que no sabe mucho de tenis puede entusiasmarse con las sutilezas de Roger Federer o la implacable mecánica de Novak Djokovic.

Los deportistas extraordinarios suelen generar la sensación de que sus adversarios son malos, muy malos, incompetentes.

Cuando Lionel Messi está en un buen día sus defensores parecen postes de  luz, y postes de luz parecen los rivales del mejor Federer, y del mejor Djokovic, y postes de luz parecen esos grandotes de mirada torva que ven pasar a Curry como una exhalación.

¿Cuánto tiempo persistirán los fulgores de Stephen Curry?

¿Un año, dos, cinco, siete? Qué más da. Cada recital suyo guarda valor en sí mismo y debe concebirse como una pieza de colección en el sagrado, inabarcable álbum de la belleza